¡Viva Honduras!

No sé muy bien qué me impulsó a irme a Honduras. A pesar de que siempre había soñado con hacer algo así nunca encontraba el momento, me surgían dudas, preguntas, miedos… Pero de repente todo se unió, se dieron las conversaciones adecuadas, las acciones concretas para que este proyecto que tenía en mente surgiera.

No olvidaré el día en que dije  “Me voy a Honduras, es definitivo”, y el revuelo familiar que suscitaron esas palabras. Todavía recuerdo aquel “Tú estás loca” de mi padre o aquel “¿Vas a dejar TODO para irte allá?” de mi madre (y más frases que no escribiré pero supongo todos habréis oído). La verdad es que nunca me afectaron menos las sentencias de mi familia, hoy mirando atrás me parece hasta curioso que casi ni me importaran esas palabras. La decisión estaba tomada, me iba a Honduras.

Después de muchas despedidas, alguna que otra fiesta y demasiados preparativos, Sara y yo volamos durante 37 horas en tres aviones que nos llevaron a lo que iba a ser nuestro nuevo hogar. Al llegar al aeropuerto empezaron las presentaciones y sus correspondientes saludos en forma de besos. “Aquí solo se da un beso”, me dijo Ani.

En los días anteriores me había informado de cuántos habitantes tenía Honduras, de su moneda, de su flora y fauna, de su historia… y esto no lo sabía. Pero claro, una cosa es obtener información de un ordenador y otra muy distinta… ¡vivir!

Sin embargo, he de reconocer que lo que hoy en día me hace reír a carcajadas fueron las palabras de Davik: “Aquí es ilegal fumar, cuando salgas del aeropuerto te quitarán el tabaco que tienes, ¡escóndelo bien!” Y cómo no, yo me lo creí. En fin…

Después de aquel primer impacto nos montamos en la paila y a pesar del cansancio empecé a observar a mi alrededor. La gente pita para adelantar, no hay semáforos, el aire es muy caliente, carteles de Helados Sarita… ¡buff, demasiados estímulos!

Por fin llegamos a nuestro destino, el colegio Santa Clara. Aún recuerdo las palabras de Olalla: “No salgáis a la calle solas, es un barrio muy peligroso”. Miré a mi alrededor, las enormes verjas y el guarda detrás de la puerta corroboraban sus palabras. Dejé de prestar atención a esos detalles y le miré. “Si no fuera por su acento gallego juraría que es catracha…”.

Tras la verja nos esperaban doce mujeres absolutamente maravillosas que con su calidez y simpatía nos hicieron sentir como en casa. Cada una con su historia, cada una con su pasado… Recuerdo una conversación con una de ellas en la capillita que tenían montada en la populorum. Me contó que hace cinco años (a los 16) estuvo a punto de casarse y que ahora estaba estudiando enfermería.

Chicas de la populorum Santa Clara.

Chicas de la populorum Santa Clara.

Otra de ellas se sorprendió cuando le dije que en España la educación es obligatoria hasta los 16 años y que en realidad solo hacíamos eso. De repente sus ojos negros se abrieron como platos y exclamó: “¿Es obligatorio y solo hacen eso? ¡Entonces sacarán unas notas estupendas!”. Me quedé pensativa. Esa inocente respuesta tenía connotaciones de desigualdad muy crueles.

Mi vida en Honduras empezaba en ese momento. La verdad es que necesitaría un millón de hojas para plasmar tantas sensaciones, tantas experiencias, tantos sentimientos, tantas conversaciones… (¿Verdad, Juanan?). Me da no sé qué no nombrar a personas como Brenda, Persi, Stefany, Víctor, Rosi, Vanesa, Arturo, Eric Javier, Flaco, Inez, Álex, Arturo, Maricela y su hijo Héctor David (de hecho, ese enano fue tan importante para mí que su foto viajó conmigo y hoy por hoy está en mi cuarto), María, Ángel, Aloha, Juanan… Pero bueno, ahora es momento de contar otra historia.

Aquella mañana de mayo me desperté con el sonido de mi celular. Lo agarré. Al otro lado estaba Olalla:

– Eider, estamos haciendo el toldo para La Nora y uno de los críos se ha hecho una herida. Tiene mala pinta y hay que coser, vente pero no lo hagas sola, dile a Jesús y venís en el carro.

– Vale, ningún problema, voy.

No pasaron ni diez minutos cuando mi celular volvió a sonar. Era ella otra vez:

– Eider, tenemos otro crío con otra herida.

– No me lo puedo creer, nos ponemos en camino ahorita (todos sabemos lo que significa ahorita, ¿verdad?).

Pero ahí no quedó la cosa. Pasados unos minutos mi celular volvió a sonar y una vez más era la catracha gallega:

– Eider, esta vez es Ángel.

– ¿Pero qué es esto? ¿En serio? ¿Qué estáis haciendo ahí?

– Vente anda.

Niños de la escuelita de La Nora haciendo fila.

Niños de la escuelita de La Nora haciendo fila.

Fuimos a la farmacia en carro a por jeringas, agujas e hilo de coser y al retomar la marcha… “¡Uy, el carro no arranca!”, exclamó Jesús. “No sé por qué pero cada vez me resulta menos pesado hacer esto”, me dije a mí misma. Después de varios empujones continuamos nuestra ruta hacia La Nora.

Después de algún que otro bache llegamos al momento crítico: el río. Era época de lluvias, por tanto era de esperar que aquel río de aguas turbias estuviese crecido. Jesús y yo nos miramos:

– ¿Lo cruzo con el coche?

– Creo que es mala idea, -dijo mi razón.

– ¡Bah! Lo voy a intentar, ya verás como no pasa nada.

¡Río adentro!

Fue una mala idea. De repente nos vimos en medio del río y sin poder movernos. Yo, por hacer algo, empecé a achicar agua con un vaso de plástico rotísimo que encontré en la guantera. Jesús, por hacer algo también, intentaba arrancar el coche. Los esfuerzos de ambos evidentemente fueron inútiles.

De algún lugar aparecieron dos mujeres y golpearon en mi ventanilla:

– Viene ahora una grúa a remolcarles, tranquilos.

Y así fue, con ayuda de aquellas hospitalarias catrachas conseguimos salir de esa curiosa situación. Después de esto, Jesús fue a hacer vete a saber qué con el carro y yo me fui con aquellas dos adorables mujeres camino a la escuelita de La Nora.

No vaya descalza, nuestros pies no son como los suyos.

Un dolor punzante cada vez que pisaba una piedra o aquella dura arena me hizo darles la razón. Me puse las sandalias y compartiendo confidencias con aquellas madres tan solo dos años menores que yo llegamos a nuestro destino.

Sentí una especie de vacío al ver que los niños no me daban su cálida bienvenida lanzándose encima de mí y gritando “¡Chinéeme, chinéeme!”. Era domingo, una lástima. Siempre es un placer sentirse tan bien acogido.

Jugando en La Nora.

Miré aquella pequeña obra. Mi mente europea no puedo evitar sorprenderse al ver aquella rudimentaria escalera de madera, sujetada por tres piedras en la parte derecha y dos en la izquierda para equilibrar el desnivel de la tierra.

“¡Madre mía! Como para que venga aquí un inspector de seguridad laboral”, pensé. “Ahora entiendo las heridas…”.

Y con una media sonrisa exclamé: “¡Viva Honduras!”

Eider, Honduras 2011

4 pensamientos en “¡Viva Honduras!

  1. Bravo Eider!!
    Me he teletransportado a la Nora, al río de la Nora, a aquel Domingo de locura, de hecho, aquellos días de locura, a la Populorum de SantaClara, con esas estupendas chicas con las que también conviví, a aquel día en que fuimos a buscaros al aeropuerto, y en el que Davik no podía decir otra cosa… He vuelto por unos instantes a Honduras!!
    Grande!!
    Un besazo muy fuerte y Viva Honduras!!!!

  2. Me alegro de haber vivido contigo ese día y muchos otros. Besos de la catracha gallega. (Me has hecho el mayor cumplido del mundo…)

  3. 🙂 Me acuerdo del día que llegastéis!! No os conocíamos pero os veíamos a través de las pantallas del aeropuerto y sabíamos que eráis vosotras por las mochilas de Altus! jejeje!!

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